miércoles, 18 de noviembre de 2009
Día D
3Posted on 18:13 by Matías Valderrama Barragán
martes, 17 de noviembre de 2009
Realidades del más allá
0Posted on 16:06 by Matías Valderrama Barragán
sábado, 14 de noviembre de 2009
Circularidad
2Posted on 11:17 by Matías Valderrama Barragán
Me levante a las 2 de la tarde, luego de haber soñado lo más hermoso y confuso de mi vida. Sabía que estaba durmiendo pero a la vez quería creer que era todo real. Fue extenso y duradero, tanto así que tuvo varios capítulos si lo hubiera podido segmentar. Pero en cada uno, algo tenían de particular. Aunque las nimiedades ya no las recordaba cuando me despertaron. ¡Matías, despierta, a comer! Abrí los ojos con una sonrisa y con los pelos bien revueltos. Estiré mis brazos y ya no podía capturar como era ella, la del sueño. Ofuscado por el aparente alzhéimer me vestí con las mismas prendas del día de ayer, me lave los dientes como solía hacer. Me tome mis vitaminas de siempre y me senté a comer. Mi madre constantemente me mandaba de nuevo al baño para lavarme la cara y peinarme un poco. Luego mi padre comenzaba con sus discursos de meras fantasías que nunca logró concretar y bueno estaba en mi naturaleza increparlo cada vez que se hacía pasar por sabio o por loco. Mi mamá me pidió la ensalada y yo ya no la escuchaba. ¿Matías, te pasa algo? No, no, es que había soñado algo tan hermoso, tan increíble que quería hacerlo un cuento, pero ya no la recuerdo. Creo que era sobre la PSU. Sobre mi futuro, de lo que nunca seré, de lo que siempre querré tener, de lo aparente y no tanto de la vida, en fin, un gran sueño. Mi madre, que solía asustarse cuando decía cosas muy profundas, sólo me pidió que me relajara un poco. Después de todo, es un poco obvio hijo que hayas soñado algo interesante, si dormiste más de 15 horas. Flojo, irresponsable, inútil. ¿Te tomaste tus pastillas?... Ya no lo recordaba bien. Poco me importaba la verdad porque ahí ya estaba comenzando el dolor. Una molestia tan intensa que tome apresuradamente mi vaso de coca-cola light con el anhelo de lavar y purificar todo mi cuerpo del malestar. Me sentía afiebrado. Y fue peor, me asfixié con el líquido negro, cayendo al suelo por la agonía. Mis padres se acercaron con el pánico fluyendo por sus venas, que comenzaban a apretarse debido a la adrenalina del momento. ¡Hijo! ¡Matías! ¡Hijo! Yo ya no los veía bien, sentía un dolor tan grande que trataba de agitarme lo más posible para zafarme, sentía un ardor generalizado a tal punto que me quemaba. Veía llamas salir de mi piel que se agitaban en una completa vesania. Mi papá corrió a la cocina a buscar agua pero nada lograba apagar las llamas de mi dolor. Quería decirles, quería gritarles, lo que nunca antes les pude proferir pero ya mi garganta no me lo permitía. Mi vista se perdía en el cielo. El dolor llegaba a ser tormentoso. Mis piernas, mi pecho, mi cara, todo se quemaba al son de mis represiones. Finalmente aparecía ella, Constanza, la de tiernas y pálidas mejillas, esa niña que cautivaba entre juegos y miradas toda mi vida. No sabía que decir, y le pedí su perdón. Nada más que su compasión. ¡Lo hice por ti! Cuando en esa milésima de segundo irrumpió a mi mente un día de clases como todos, en que alguien del banco de adelante, me preguntaba por quién pensaría antes de morir. Ahora que me encontraba a punto de expirar, sólo la veía a ella, la inmaculada en medio de un fondo color carmesí por las que mis pupilas, ensangrentadas acababan. Una lágrima corrió por mis mejillas apaciguando toda flama de mi cuerpo ennegrecido, cuando ya en mi alcoba eran las dos de la tarde en punto.
martes, 3 de noviembre de 2009
Volar en mil pedazos y ser feliz
1Posted on 20:10 by Matías Valderrama Barragán
sábado, 31 de octubre de 2009
Fragancias autoimpuestas
4Posted on 18:44 by Matías Valderrama Barragán
Nos juntábamos los sábados cada dos semanas, simplemente a hablar. El imperativo era tal cual, solamente conversar, daba lo mismo sobre qué, ni los cómo, ni mucho menos la doble intención. Bastaba con reconocernos como humanos para darnos por satisfecho o al menos para seguir un día más con la triste apariencia de una solidez o de algún trillado equilibrio que cada uno buscaba solventar. Al menos dentro de ese mutuo marco de necesidad las reuniones se tornaban amenas e interesantes, dando espacio a un sin fin de revelaciones que para el caso llegaban a ser vagas y nimias. No me acuerdo bien pero esa noche hablamos del suicidio, de la necesidad de probar cosas nuevas, de drogarse, del suicidio. Pareciera que todos simplemente nos hallábamos unos cobardes que no se atrevían a cometer el gran e idealizado fin; todos conocíamos, y con gran desdén, que éramos unos dominados, unos adictos a la determinación. No vivíamos la vida que queríamos vivir, éramos unos cadáveres inertes que buscaban morir. Apagábamos las luces, en una desidia casi forzada por nuestros mundos. Prendían ciertas velas y se equidistaba el alcohol. Así eran las reuniones del Club cuando era joven, así se iniciaba la perenne maldición. Y precisamente lo decadente y patético que se mostraba el ritual, lo volvía más irresistible, parecía existir una propia humillación previa necesaria en esas vidas, necesaria para necesitar. Y volábamos. Sin ala alguna, sin freno alguno, sin ni siquiera cielo estrellado. Volábamos buscando ilusamente con que estrellarnos. Sin embargo, en esa noche ocurrió. Las copas ya estaban llenas y el licor iniciaba el interesante proceso de truncar nuestras psiquis. Las caras se difuminaban y el punto de fuga parecía desaparecer. Vaso tras vaso, lágrima tras lágrima, soledad tras soledad iban yermando lentamente las voluntades sobre nuestros seres. Me sentía pesado, reconocía toda la carga que llevaba y dialogaba con ella. Vaso tras vaso, iba ya disipando cualquier fin último, vaso tras vaso, me fui borrando. Pero me llego el golpe con la realidad, o al menos mi cuerpo se hizo presente al flaquear. De una manera circunspecta me escabullí hasta el baño, vomite todo el material, y me quede observando a mi reflejo. Como había llegado a tal, me aborrecía, nosotros que éramos intelectuales no podíamos darnos el lujo de morir de esa forma. Debía ocultar cualquier evidencia, así que limpié el retrete y llene de fragancias de lavanda y margaritas el baño ajeno. Volví a la ceremonia y continuó la charla. No obstante había algo que se hacía notar, tenía una sensación distinta; definitivamente lo sabían así que busque cada posible vestigio que me incriminara. Claramente el olor a vomito se había impregnado a mi ser a cabalidad, o incluso el propio sonido, el quejido inconsciente al expulsar el alcohol tan elocuente y disonante se debe haber hecho notar. Veían en sus caras como se reían de mí, notaba que olfateaban como sabuesos en la sala encontrando a la víctima, la inesperada víctima por cierto. Pero eran gentiles, grandes actores (como todos en verdad), unos sínicos de mierda que gozaban con mi ansiedad. Me devolví al baño y me lave las manos con una esquizofrenia que no llegaba a satisfacer mi vesania, necesitaba lavarme, me saque la camisa y la corbata, encontré el hedor a alcohol de inmediato. Me metí a la ducha muy sigilosamente y con rabia comencé a pasearme con el jabón. Volví renovado, pero nuevamente sentía ese aroma maldito. Me lave con más fricción ahora y en vista de la ocasión, producto de la desesperación, me rocié el aroma a lavanda de baño sobre mi cuerpo. Regrese, pero noté ahora el olor que venía especialmente marcado de mi pulgar izquierdo. Más fricción, más jabón. Ahora estaba en las uñas. Más fricción, más jabón. -¿Matías, te sientes mal? ¿Por qué has ido como siete veces al baño?- Me preguntaron, obviamente socarronamente, cuando ya me rendía en el sillón. No tranquilo estoy súper bien. Como los odiaba, como gozaban con mi secreto de Perogrullo. Ese olor, ese embrujo fatal que no quería salir, debía acabar o al menos cambiar. Así que me vi obligado a tomar un camino apresurado, me impregne de mi propia orina y salí triunfante del baño. Esperaba que por fin asumieran su actitud falsaria pero en cambio siguieron la conversación, como si ningún olor existiese. No aguantaba más así que grité como nunca -¡Atrévanse a decirlo de una vez!- y todos quedaron sobrecogidos e intrigados. -¿Me dirán que no lo han olido? Y negaron con sus cabezas. Me van a decir que no sienten el olor a vomito que tengo, el olor a orina que tengo en mi cuerpo. Y otra vez negaron ahora riéndose por lo absurdo de la situación. Nadie lo había sentido… Nunca había existido para ellos… Al menos hasta que Miguel se me acercó y sintió de inmediato el horrible hedor, para luego mágicamente invadir todo el recinto y generar el malestar de todos los convocados. De ahí que no me puedo limpiar la pestilencia, mi condena, mi humillante condición. Llevo casi diez años ya y a pesar de bañarme en fragancias finas y pomposos jabones perfumados, la peste sigue ahí, la perenne desconfianza no me deja dormir.
miércoles, 28 de octubre de 2009
Deber Ser
1Posted on 20:29 by Matías Valderrama Barragán
Quizás podría ser un poco más idealista, para así mantenerme despierto
Pero ciertamente la duda no se me escaparía ni un momento
Podría dormirme entre los lirios
Y perderme para siempre entre tus dedos
Caerme a mí mismo, y ser, levemente, sin aparecer
Más existencialista, para figurar latentes suspicacias
O posiblemente actuar, como aquellos, los payasos
Con sus miradas tristes e irreflexivas
Con harto Rush y maquillaje por doquier
Quizás, tan solos, quizás
Con harta piel y conteniendo las ganas de nacer
Por ese deseo de ver, la completa ceguera que ilumina el placer
Quizás, tan sólo quizás
Pueda ser yo mismo de verdad
Quizás, tan solo, quizás
Pueda ser el mismo que algún día quizás pensé