jueves, 31 de diciembre de 2009

Objetividad

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Es imposible ser objetivo.
Vivimos en un mundo de parámetros y estadísticas vagas de las cuales yo mismo me terminaré siendo parte si es que ya no lo soy. De números, de mayorías, de números grandes. Para ciertas cosas soy A y para otras soy B. Pero eso no importa, sólo les importa a esos locos de atar lo que dice la gente, el pueblo esa "inmensa mayoría". No importa la oveja sino el rebaño, después de todo que mierda se puede hacer con una decía el pastor. Las menores se alzaron varias veces, pero a la larga resultaron siendo aplacados, como si no hubiesen existido en esta sociedad. Esa sociedad es quien nos domina, no nosotros mismos, sino la sociedad. Uno es, lo que todos somos. Vivimos con miedo, con una aparente seguridad al ver que somos respaldados cuando en una conversación hay alguien que te apoya. ¿Si muchos lo dicen es porque sera cierto no? ¡No! y te lo repito ¡No! Los medios te manipulan, los manipulan, nos manipulan. Así como lo hago yo. Nada es objetivo en la vida. Y cual es la diferencia, si toda la vida lo hemos hecho. Y vuelvo afirmar, sólo por miedo. Porque necesitamos sentirnos seguros, de que no estamos solos ni de que existe algo que no sabemos con certeza. Pero quien mierda tiene la certeza de algo. Manipular, controlar, manejar, apoyar, adherir, compartir. Dilo como quieras pero al fin al cabo todos tenemos algo adentro, algo que nos llama a necesitar, que me llama a necesitarte. Si a ti, querido lector. A ti te necesito. Y así vamos, y en un segundo tienes a una masa. A una uniformidad, a una inmensa mayoría. Que te da el respaldo para gobernarlos, ya no manipularnos solapadamente, sino con "justa y merecida razón" a tener poder. Pero no deja de ser ciego. Por ahí alguien decía: vivimos en un mundo de ciegos dominados por unos pocos locos. Pero acaso la locura te hace ser más lúcido acaso o es que ahora ser loco esta de moda. Todos tenemos miedo: tanto el loco de arriba, como el ciego de abajo. Y el miedo nos convierte en ambos. No existen niveles, sólo nuestro miedo los crea. Necesita que me creas, porque tengo miedo de fallar, de no estar en lo correcto. Pero quien dijo que con mi apoyo tendrás la razón. ¡Nadie, pero que importa!; seriamos dos que dicen lo mismo en vez de uno. Y dos es más grande que uno.
Vivimos en una dictadura de números o en una democracia. Llámenla como quieran. Que, sin duda, es mejor que cualquier otra dictadura. ¿Por qué? Supongo que debido a que nos da menos miedo.

viernes, 4 de diciembre de 2009

Rumiadores

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Hace unos meses atrás hablaban en el diario unos destacados psicólogos respecto a los rumiadores. Los definían como aquellas personas que dan más de una vuelta a todo lo que les acontece cotidianamente, es decir, de esas personas que deambulan por la nada, absortos de ese mundo traicionero, pensando. Tan sólo pensando. Porque verdaderamente no existe delito en pensar, pero si es un oprobio temible el ir caminando y pensando a la vez. Son de esos que viven atemorizadas, con una sombra que las persigue detrás pero, sin embargo, en ningún momento optan por darse vuelta y descubrir que en realidad no hay nada allí atrás. Desdichados aquellos, proferían, porque la melancolía y la pena es para ellos. Según sus estudios cuantitativos, los rumiadores poseían altas probabilidades de contraer algún cuadro depresivo y agónico, inclusive el suicidio. Son como aquellas ratas que por instinto acarician y palpan continuamente un mismo objeto en sus manos, de una manera acelerada y desmedida, aun siendo un fatal veneno. Y los trabajos eran concluyentes. No tienen cura. Mientras andaban logrando inyectar no se que cosa en el ADN para formar persona más felices, esta nueva decadente especie de humano se hundía en lo más profundo del abismo del continuo y excesivo pensar, para la tranquilidad de la generalidad obviamente ya que solo constituimos un despreciable 5% de la humanidad. Estamos condenados a morir. Sí, eso ya lo sabía. Estamos condenados a acabar. Estamos atados a dejar la humanidad para siempre entre medio de pomposas vidas de placeres y pasividad, de deudas y de sistemas auto adquiridos que hoy, sólo en las sobremesas rechazamos. Nos creíamos libres. Pero resulta ser la escoria de la cual se deben desechar. Yo no muero, a mi me matan. Y ni siquiera me dan el derecho, la poca cosa llamada derecho, de ser yo quien me mate. ¿Qué no tenemos cura? Para que la quiero si de falacias viviría... ¿Qué nos vamos a morir dolorosa y horriblemente? No hay peor dolor que vivir huyendo de ese amargo final. Así que si me ven caminando por la calle como en otro mundo, no me despierten que no hay mejor lugar para pensar que en el propio.