miércoles, 18 de noviembre de 2009

Día D

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Nos reunimos a las 10 de la tarde en la casa del Gustavo, sus padres no iban a estar esa noche, así que no habría forma de que alguien nos descubriese. El Seba iba a traer la droga en cuestión, habían muchos muy ansiosos de probar algo nuevo; realmente patético, sólo demuestra su falta de creatividad y lo rutinario de sus vidas. Pero aún así, acepté. Ante tantos ruegos y culpabilidad, acepté.
Llegaba el elemento primordial, el tan idealizado, como ese sexo tan anhelado por meses que no es diferente en ni una pizca al que se tiene cada semana, sólo en la mente. Comenzamos uno a uno a probarlo, hasta acabarlo todo. Pasaban las horas y no ocurría nada. Todo el mundo giraba sobre el mismo eje, excepto para Alex, que embargado por una especie de convulsión corporal trataba de decirnos algo, que se había encontrado un cierto maletín con millones de dolares en la calle y no sabía que hacer con él. Yo le dije que se lo quedará, que no hay nada más emocionante que un secreto. Pero muchos otros daban unos necios argumentos de que lo dejara donde lo encontró, que lo pasara a la policía o que se lo dijera a sus padres. En todo caso, nadie le creía el hecho. Todo era, en apariencia, una más de las mentiras y alucinaciones provocadas por el santo Grial de la discordia. Luego vino el Zalo a caer. Se puso a llorar como una niña al ver como sus padres entraba en la pieza. Se quejaba amargamente de la horrible presión, de la dualidad que debía soportar, de uno que buscaba independizarse y otro que seguía encerrado entre los lamentos de su madre. Después el Cristián, ante el berrinche de no poder expresar su verdadero yo. De tener que ocultar por miedo tantas cosas. Y yo los observaba, como todos lograban una amarga sinestesia existencial. No veían elefantes rosas ni se hacían caca en sus pantalones. Veían sus miedos, sus represiones y lamentos más profundos. Ahora entendía a los adictos, porque no hay peor consuelo que el liberar lo de adentro. No son adictos a una sustancia quimica, se obsesionan con conocerse, no con algo nuevo que te haga volar, sino con determinarse, ver su cara más mohína y melancólica que existía dentro de sus corazones. Pero en mi no ocurría nada. Yo no tenía nada que llorar, no tenía nada a que temer, no tenía porque lamentar. Toda mi vida lo hecho, todas las veces en que camino voy sintiendo la carga que significa caminar. En cambio ellos, malditos sínicos de mierda, su inconsciente los retuerce por dentro, los tortura tanto hasta asfixiarlos por un blog desconocido de mala muerte. Pero al ver ahi una salida, una droga, una adicción, el suicidio; llegan al clímax y creen que ese es el camino, malditos... como quisiera ser como ellos...

Sebastián se reía. Llegaba a llorar de la risa. Otro más que comenzaba a caer.
¿Seba por que te ries?... ¿Seba? ¿ Seba Huevón? Lo perdimos.
¿Pero él qué se guardaba? ¿Su felicidad? ¿Sus alegrías que nunca gozó en plenitud?


Perdónenme, pero es que no lo podía evitar; dijo, luego de unos minutos, aún riéndose.
¡Les dí vitaminas, nada más que vitaminas! Y todos volvieron a la apariencia, a la maldita apariencia de siempre.

martes, 17 de noviembre de 2009

Realidades del más allá

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Me hicieron sentarme en un vetusto banco de metal, no había más luz que una lampara tenue que colgaba del techo perturbada por el golpe que le había dado el tipo de negro que me miraba con unos ojos apabullantes tratando de descifrar si lo que le decía era cierto. Verdaderamente quería irme, no le mentiría a alguien con algo así. Se escondió en lo oscuro y al rato volvió con otro tipo también de apariencia ruda y adusta. Se coloco detrás del jefe y se cruzó los brazos. ¿Y que te crees ah? Qué vienes aquí con que sabes sobre nuestro secreto ¿y qué? ¡Ah! ¡¿Y QUÉ?! Se mostraba irritado, tenso, como si su vida ahora dependiera ahora de mí y que por supuesto nadie aceptaría algo así de un extraño. Yo no diré nada. Ah y ahora crees qué eso me consuela, qué ahora te dejare ir y todos felices para sus casitas. Fíjate que no va a ser así. Tengo a mi amigo aquí atrás dispuesto a volarte los sesos y me esta tentando la idea bastante. Hazlo, después de todo, da lo mismo ya... ¿o no? ¡Cállate hijo de puta!
Me agarró del pelo y me golpeó contra la mesa.
No pude contener mi risa, a pesar de que comencé a sangrar por la nariz, su desesperación era evidente. ¿Acaso vas a dejar que acabe con tu vida aún teniendo la posibilidad de ser toda una mentira de mierda?¿Le creerás a esos idiotas que ahora están muertos? Tienes dos posibilidades hijo de puta, te dejamos ir pero sin garganta... o te vas directamente al infierno de un balazo... Tu sabes bien que eso no pasará, yo sé lo que han ocultado por años. Así que ven, ¡dispárame ahora mismo! Ya no importa morir, ya después de saber lo que ocurre, a nadie le va a importar. ¿como que a nadie? ¡¿Le dijiste a alguien más grandísimo imbécil?! Jah ahora el mensaje se debe estar expandiendo por todos los rincones de la información... Se quedo con la boca abierta observándome con detención. Yo sé bien que existe otra realidad después de la muerte, y ya he dejado todo atrás para conocerla. Venga, dispárame. ¡Que me dispares, hijo de puta! Y al recibir mi escupo se enfureció tanto que en toda la vesania por mis hostigaciones y provocaciones, tomó la pistola del tipo de atrás y me encesto un balazo en la cien.

Era el minuto de la verdad, el secreto se develaba para mí marcando un nuevo inicio un mundo completamente nuevo cuando...

Al segundo desperté en mi oficina de siempre, con el sonido de los teléfonos y el caminar de los ejecutivos de siempre. El sabor del traspapeleo de siempre y del asqueroso perfume de la vieja de finanzas del cubículo 10. Miré para todos lados buscando un poco de realidad, un poco de lo prometido: vi sus rostros cansados por el trabajo, el horizonte que se proyectaba bajo la misma olvidada ciudad gris, la misma gente caminando por las veredas del ayer con ningún sentido más que el de la propia falsedad.

Mierda, me mintieron. La reencarnación si existía por la cresta.

sábado, 14 de noviembre de 2009

Circularidad

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Me levante a las 2 de la tarde, luego de haber soñado lo más hermoso y confuso de mi vida. Sabía que estaba durmiendo pero a la vez quería creer que era todo real. Fue extenso y duradero, tanto así que tuvo varios capítulos si lo hubiera podido segmentar. Pero en cada uno, algo tenían de particular. Aunque las nimiedades ya no las recordaba cuando me despertaron. ¡Matías, despierta, a comer! Abrí los ojos con una sonrisa y con los pelos bien revueltos. Estiré mis brazos y ya no podía capturar como era ella, la del sueño. Ofuscado por el aparente alzhéimer me vestí con las mismas prendas del día de ayer, me lave los dientes como solía hacer. Me tome mis vitaminas de siempre y me senté a comer. Mi madre constantemente me mandaba de nuevo al baño para lavarme la cara y peinarme un poco. Luego mi padre comenzaba con sus discursos de meras fantasías que nunca logró concretar y bueno estaba en mi naturaleza increparlo cada vez que se hacía pasar por sabio o por loco. Mi mamá me pidió la ensalada y yo ya no la escuchaba. ¿Matías, te pasa algo? No, no, es que había soñado algo tan hermoso, tan increíble que quería hacerlo un cuento, pero ya no la recuerdo. Creo que era sobre la PSU. Sobre mi futuro, de lo que nunca seré, de lo que siempre querré tener, de lo aparente y no tanto de la vida, en fin, un gran sueño. Mi madre, que solía asustarse cuando decía cosas muy profundas, sólo me pidió que me relajara un poco. Después de todo, es un poco obvio hijo que hayas soñado algo interesante, si dormiste más de 15 horas. Flojo, irresponsable, inútil. ¿Te tomaste tus pastillas?... Ya no lo recordaba bien. Poco me importaba la verdad porque ahí ya estaba comenzando el dolor. Una molestia tan intensa que tome apresuradamente mi vaso de coca-cola light con el anhelo de lavar y purificar todo mi cuerpo del malestar. Me sentía afiebrado. Y fue peor, me asfixié con el líquido negro, cayendo al suelo por la agonía. Mis padres se acercaron con el pánico fluyendo por sus venas, que comenzaban a apretarse debido a la adrenalina del momento. ¡Hijo! ¡Matías! ¡Hijo! Yo ya no los veía bien, sentía un dolor tan grande que trataba de agitarme lo más posible para zafarme, sentía un ardor generalizado a tal punto que me quemaba. Veía llamas salir de mi piel que se agitaban en una completa vesania. Mi papá corrió a la cocina a buscar agua pero nada lograba apagar las llamas de mi dolor. Quería decirles, quería gritarles, lo que nunca antes les pude proferir pero ya mi garganta no me lo permitía. Mi vista se perdía en el cielo. El dolor llegaba a ser tormentoso. Mis piernas, mi pecho, mi cara, todo se quemaba al son de mis represiones. Finalmente aparecía ella, Constanza, la de tiernas y pálidas mejillas, esa niña que cautivaba entre juegos y miradas toda mi vida. No sabía que decir, y le pedí su perdón. Nada más que su compasión. ¡Lo hice por ti! Cuando en esa milésima de segundo irrumpió a mi mente un día de clases como todos, en que alguien del banco de adelante, me preguntaba por quién pensaría antes de morir. Ahora que me encontraba a punto de expirar, sólo la veía a ella, la inmaculada en medio de un fondo color carmesí por las que mis pupilas, ensangrentadas acababan. Una lágrima corrió por mis mejillas apaciguando toda flama de mi cuerpo ennegrecido, cuando ya en mi alcoba eran las dos de la tarde en punto.

martes, 3 de noviembre de 2009

Volar en mil pedazos y ser feliz

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Iba caminando por la alameda cuando se encontró con una gran conmoción, donde todos los rostros miraban con intriga hacia el cielo. Se detuvo a pesar de lo atrasado que iba y buscó el motivo de tanta agitación. Un sujeto medio loco, medio cuerdo osaba enfrentarse a la muerte. Encima de un tremendo rascacielos se acometía a la nada. Los bomberos ya se encontraban con sus escaleras intentando alcanzar su altura. Vanos intentos, ya que de un segundo a otro, el hombre ya había saltado al vació. La multitud asombrada se tapaba sus bocas abiertas, las madres le ocultaban los ojos a sus hijos y casi todas las mujeres proferían sus gritos de incertidumbre. Sólo minutos y el hombre se pulverizaba en el suelo lleno de tribulaciones y expectación. Sólo cuestión de minutos, cuando se sostenía por sí mismo en el aire. La gente, que al no haber inmolación alguna, volvía a sus vidas cotidianas indignadas. El morbo que los invadió en un principio, lentamente declinaba en un hastío casi incomprensible. Sin embargo, eso no le interesaba ni en lo más mínimo. Desde arriba, sentía como la brisa trasgredía cada parte de su ser, fundiéndolo en la más completa nada, moldeando su levedad sino a la máxima trascendencia. Desde abajo, solo quedaba él, queriendo entender la gravedad. Pero bastaba tan sólo comprender: que al rendirte al viento, puedes cabalgar en él.

Sacado de "La Canción de Salomón" de Toni Morrison y de la canción: "Bolsa de Mareo" de Los Tres