Nos reunimos a las 10 de la tarde en la casa del Gustavo, sus padres no iban a estar esa noche, así que no habría forma de que alguien nos descubriese. El Seba iba a traer la droga en cuestión, habían muchos muy ansiosos de probar algo nuevo; realmente patético, sólo demuestra su falta de creatividad y lo rutinario de sus vidas. Pero aún así, acepté. Ante tantos ruegos y culpabilidad, acepté.
Llegaba el elemento primordial, el tan idealizado, como ese sexo tan anhelado por meses que no es diferente en ni una pizca al que se tiene cada semana, sólo en la mente. Comenzamos uno a uno a probarlo, hasta acabarlo todo. Pasaban las horas y no ocurría nada. Todo el mundo giraba sobre el mismo eje, excepto para Alex, que embargado por una especie de convulsión corporal trataba de decirnos algo, que se había encontrado un cierto maletín con millones de dolares en la calle y no sabía que hacer con él. Yo le dije que se lo quedará, que no hay nada más emocionante que un secreto. Pero muchos otros daban unos necios argumentos de que lo dejara donde lo encontró, que lo pasara a la policía o que se lo dijera a sus padres. En todo caso, nadie le creía el hecho. Todo era, en apariencia, una más de las mentiras y alucinaciones provocadas por el santo Grial de la discordia. Luego vino el Zalo a caer. Se puso a llorar como una niña al ver como sus padres entraba en la pieza. Se quejaba amargamente de la horrible presión, de la dualidad que debía soportar, de uno que buscaba independizarse y otro que seguía encerrado entre los lamentos de su madre. Después el Cristián, ante el berrinche de no poder expresar su verdadero yo. De tener que ocultar por miedo tantas cosas. Y yo los observaba, como todos lograban una amarga sinestesia existencial. No veían elefantes rosas ni se hacían caca en sus pantalones. Veían sus miedos, sus represiones y lamentos más profundos. Ahora entendía a los adictos, porque no hay peor consuelo que el liberar lo de adentro. No son adictos a una sustancia quimica, se obsesionan con conocerse, no con algo nuevo que te haga volar, sino con determinarse, ver su cara más mohína y melancólica que existía dentro de sus corazones. Pero en mi no ocurría nada. Yo no tenía nada que llorar, no tenía nada a que temer, no tenía porque lamentar. Toda mi vida lo hecho, todas las veces en que camino voy sintiendo la carga que significa caminar. En cambio ellos, malditos sínicos de mierda, su inconsciente los retuerce por dentro, los tortura tanto hasta asfixiarlos por un blog desconocido de mala muerte. Pero al ver ahi una salida, una droga, una adicción, el suicidio; llegan al clímax y creen que ese es el camino, malditos... como quisiera ser como ellos...
Sebastián se reía. Llegaba a llorar de la risa. Otro más que comenzaba a caer.
¿Seba por que te ries?... ¿Seba? ¿ Seba Huevón? Lo perdimos.
¿Pero él qué se guardaba? ¿Su felicidad? ¿Sus alegrías que nunca gozó en plenitud?
Perdónenme, pero es que no lo podía evitar; dijo, luego de unos minutos, aún riéndose.
¡Les dí vitaminas, nada más que vitaminas! Y todos volvieron a la apariencia, a la maldita apariencia de siempre.
3 Confutación(es):
Jajaj bueno. No comparto tu analisis. Lo encuentro simplista. Por lo menos mis motivos son otros. Abrir una puerta en la pared. Si fuera por dejar las apariencias, con el copete me basta.
Lo importante es que fue con cariño.
Sigue escribiendo.
Jah Sabía que ibas a tomar ese sentido. Lo que trataba de mostrar no era mi visión, sino lo irónico que puede resultar un final así.
Que lástima que requieras de sustancias, ni siquiera de otros, para abrir tus paredes... Cuando solo están en tu mente.
Contemplen el poder de un placebo, lo que creemos que es verdad comúnmente es mas fuerte para nosotros mismos que lo que realmente lo es.
Hay que liberarse de la Matrix, señores.
PS: Axel, te vas a resfriar.
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