martes, 16 de junio de 2009

Un tipo que trabajaba en una familia, lease textual

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Me desperté temprano como siempre un domingo perdido en los siglos. Me vestí raudamente con mi uniforme de todas las mañanas, un overol corroído por los aceites de mi oficio y unos bototos con punta de fierro para la seguridad de mi señora. Tome las llaves y me fui, luego de tomar un típico desayuno y besar a mi hija y a mi mujer. Espere sentado como sus quince minutos a que la micro pasara, de ahí ya iba apretado como por cuarenta minutos tan solo para llegar a una hora angustiante y sofocante en metro. Con unos 10 minutillos de retraso llegue al trabajo. Dicen que usamos el ridículo overol más que nada para diferenciarnos del resto de las empresas. Mientras hablaba con mis padres y entregaba cariño noté lo rutinario que se había vuelto mi vida. Había sido un día agotador, me tocó ser el hijo de unos viejos seniles y jugar a la pelota con unos niños sin padre, además de portarme como marido ejemplar para una madre soltera. Así como buen obrero trabajé en "mi cubículo" siendo un miembro más de las familias con mi única herramienta: mi corazón. De vuelta en mi verdadero hogar me relajé en la cama sin saludar a nadie, parecía que estaba solo. Veía un partido del Colo cuando en eso llego mi mujer con mi Laurita y las besé cariñosamente. Allí fue cuando todo se derrumbo. No se sí fue un delirio o si había estado ciego toda la vida pero, por inverosímil que parezca, mi familia comenzaba a marcar tarjeta al llegar, con los mismos uniformes idénticos al mio y a la misma labor: Dar amor. Después de todo, no hay quien se salve en este mundo de haber dado amor por el sucio billete.

Familias enteras viven con el tedio de poco menos estar trabajando horas extras en sus hogares, tomando acciones para recibir ciertos afectos o al revés, entregando falsos cariños buscando intereses más objetivos. A qué hemos llegado para contagiar lo inquebrantable de un organismo vital como este...

lunes, 15 de junio de 2009

No matemos al libro, que él nos mate a nosotros

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Últimamente me esta sucediendo que cada diez paginas que leo, entro en un estado de somnolencia tal que llego a soñar. Al principio lo encontraba muy poco práctico, de hecho no lo es en absoluto, (no creo que me sirva para la respectiva prueba del libro) sin embargo, luego le fui agarrando el gusto. Ya que no soñaba cualquier cosa, no señor, sino que entraba en la vorágine de la historia, me encarnaba en los personajes, sufría con ellos, los asesinaba y los amaba, los burlaba con prostitutas, los desafiaba a duelos, me sentía parte de la ficticia narración.

Comencé a odiar la aburrida realidad, prefería quedarme con mis Quijotes y Siddhartas intentando conocer el sentido o el saber máximo de lo existente, asustarme con los personajes de Poe y maravillarme con las extraordinariamente comunes elementos de García Marquez o Vargas Llosa. Enredarme en Horacio tratando de encontrar a mi Traveler y sumergirme en lo más hondo de la sórdida escuela de los perros. Pero no, ya tenía que venir alguien a sacarme del onírico mundo, a recordarme que debo leer no dormir.
Hemos desvalorizado tanto el soñar, el descansar, todo debe ser productivo y el sueño sin duda que lo es, pero ya nadie lo nota. Es la capacidad de soñar, de desconectarse un rato de esa maquina supra real, lo que nos mueve. Caminamos porque estábamos quietos. Sino cómo, quien distingue el sueño de lo real cuando no existe el dormir. Atiborrado de estos pensamientos un tanto absurdos arme mis valijas, me afeite de la mejor manera y me vestí con el mejor traje de tela de mi armario para emprender el gran viaje de mi vida. Quería perderme y a la vez encontrarme, no allá donde todo es causa y efecto, lógica común, moral inhibidora, una mala vida con un manual de acción. Así llegué aquí mi querido amigo. Me dormí para nunca despertar.

Creo que todo anda mucho mejor por aquí. A excepción de que a veces cuando me encuentro en una escaramuza o en una épica acción novelesca aparece de la nada un sujeto triste y extraño a la realidad. Es bastante cínico encuentro, ya que trata de ser amigo de nosotros continuamente pero de la nada desaparece, juega con las mujeres de por aquí, abusa de nuestra hospitalidad y ha ganado varias batallas obteniendo gran fama, pero aún así desiste en quedarse.

Me pregunto a dónde irá cuando se esfuma por arte de magia...

viernes, 12 de junio de 2009

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Me siento desconocido,
el androide natural
mejora su metal corroído
oxidado por lo racional

"Todo sin concretar"
en el carmesí río estancado
por piedras fáciles de quebrar,
me decía el barquero sin pasado

"Te han borrado lo que eras"
Sabia respuesta
"Olvidandote todo lo que fueras"
Sin imaginar lo que cuesta

una roca flexible penetraba
un agujero diminuto generó
ya la barca se quejaba
el enorme océano no espero

Lo último que observé
al barquero sonriendo
Mi muerte reservé
sin oxigeno se va sumergiendo


martes, 9 de junio de 2009

Todos en cuarentena y yo al medio

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Primera plana en el diario del domingo, en el principal encabezado con grandes letras rojas: 

¡Estamos enfermos! 

Así es señores los exámenes dieron positivos y todos llevamos por las sangre la gran enfermedad. Esa que se contagia por transmisión visual, sensorial, oral, nasal, etc. de todas las formas posible, incluso hay casos confirmados de parejas por vía transmisión sexual que se han recontra contagiado, ni me lo imagino. Basta con estar a centímetros de una persona contagiada para padecer casi instantáneamente los efectos del virus. Algunos científicos medio locos llegan a plantear incluso que antes de nacer ya se viene con el mal en los genes, ya que la mayoría de los padres que la tienen se la traspasan a sus hijos, casi en un 97% de los casos. Realmente alarmante. Y el gobierno, como siempre, no ha reaccionado. supuestamente todo esta bajo control pero ya la cifra de enfermos alcanza a un 89% de la población y que conste que el resto faltante ya la tuvo o ha sido inmune, siendo estos los menos. 

Triste o no, creo que me pegaron la enfermedad, probablemente con la presión de la vorágine de todos los días. He evolucionado rápidamente, casi fulminantemente, yo diría que en algunas semanas más ya habrá carcomido cada una de mis células. Ya muchos los he visto caer. Es increíble como sus cuerpos mudos quedan al probar el sabor fatal. Sus rostros espectrales y lejanos a lo que era la algarabía. Tiesos, ciegos y maltrechos todos. Pareciera como si los hubieran sumergido en un lago del polo norte, quedando petrificados para siempre. Y a pesar del calor que uno les pueda dar, siguen tal cual, como si uno no estuviera allí con ellos. 
Un querido amigo de toda la vida la contrajo, se aislo por seguridad en un principio, pero luego cuando necesitaba comer, cuando quería realizar su futuro, empezó a aumentar el bicharraco dentro de él. Llegado un minuto en que el virus le carcomió los ojos y se instaló en su cerebro. De ahí que por más que le hable, lo sacuda, lo cobije o lo detenga, no hay reacción en él.
(...)

Creo que se acerca, ahora a mí, tal desenlace. Yo me protegí pero no pude hacer mucho ante la PSU, mi futura carrera, el colegio, la polola, mis personalismos, mis utopías. Mejor vete y deja de leer esto, no valla a ser que mis palabras también estén infectadas de este mal. Enfermedad maldita que ataca al hombre de hoy en día. La peste negra del siglo XXI: La indiferencia.