El ventilador continuaba emitiendo el chirrido de siempre, ya era casi insoportable ocupar la maquina. Y digo casi porque Gabriel, el menor de todos, pasaba sus tardes frente a él sin preocuparse del molesto sonido. Ya sus padres yacían dormidos, su hermana se había ido con su pareja de años a no sé donde y su otro hermano, Miguel, se había ir¡do a una fiesta por allá arriba por lo que existia en todo la casa de cemento un enorme y grato silencio sobrecogedor. Siempre sus hermanos no lo hacían parte de sus andanzas y desde que su hermana comenzó a pololear ya casi ni los veía. Sentía mucha amargura porque extrañaba jugar con ellos, pero tenían que crecer y expulsarlo de su "tribu" para pasar a ser jóvenes con problemas de alcohol, de desobediencia y de absoluta rebeldía. Por suerte tenia su computador de siempre, esa enorme lata de información en la que cada día hablaba con amigos, o al menos imaginarios que le hablaban y le respondían tal cual como personas normales, muy fascinante le parecía cada vez que se metía en esta plaza virtual donde con los muchachos del barrio ponían a rodar el balón de la comunicación casi con la completa inseguridad de que al golpearlo realmente lo hayan tocado. Ocurre lo mismo con los terremotos curiosamente, al principio uno no sabe si el que se mueve es uno o la mismísima tierra, y luego de descubrir la realidad salimos despavoridos. No obstante, muy diferente fue la reacción de Gabriel esa noche. Ya estaba cambiando los canales de la televisión cuando comenzó a agitarse el suelo, y ante la duda se detuvo en el lugar pensando en lo que ocurría. Observó el rosario que tenia amarrado a su lampara en como se agitaba y ya definitivamente estaba seguro de que la tierra nuevamente mostraba su presencia presente comenzando así con la incertidumbre de que hacer en la extraña y alarmante situación. Tranquilo Gabriel pasará de inmediato quédate tranquilo, eso es lo mejor que puedes hacer. Pero al escuchar como se caían las vasijas en la cocina trato de huir despavorido pero la puerta no lograba abrirse. La lampara comenzaba a agitarse ferozmente y la luz oscilaba de un lado a otro acompañado de ciertas chispas que surgían de los enchufes. La maquina imponente se mantenía incolumne, no así la televisión que cada segundo se iba acercando más al borde del estante hasta ocurrir lo inevitable, caer en el absoluto vacío y destruirse por completo liberando una fuerte ráfaga de destellos que asustaron enormemente al muchacho que suplicaba por ayuda. Los libros volaban por los aires terminando desparramados por el suelo mientras las luces de afuera se comenzaban a apagar sumiendo a la casa en la completa oscuridad, sólo restaba su cuarto. Por un momento parecía ir declinando la furia del planeta pero eso sería por algunos segundos ya que volvió de inmediato con el triple de la fuerza desatada destruyendo todo a su paso. Se escuchaba caer de todo afuera y veía como las paredes se resquebrajaban rápidamente. La maquina se apagó de súbito dejándose desplomar por fin del escritorio al igual que el armario, era un completo desastre, un verdadero caos desatado en unos pocos segundos. Ya la lampara no pudo resistir más y lanzando unas enormes chispas dejo de alumbrar sumiendo al pobre hombre en la espesa negrura de la noche. Sentía como las paredes comenzaban a desmoronarse dejando una gran cantidad de escombros, abriéndose a unos jardines inmensos de profundo silencio y soledad. No lograba distinguir nada, sólo podía oír el crujir de las paredes que terminaban en el suelo derrumbadas y destruidas. Se salvó por milagro, pensaba, pero cuando logró encontrar la vela que tenía en su velador, al iluminar sólo vio arboles enormes por todos lados que lo cercaban como altas murallas medievales. Las fieras se escuchaban gruñir tras los arboles de cemento. ¡¿Cómo diablos llegó ahí?! Rodeado por quizás que animales feroces ocultos en la espesa selva gris únicamente apoyado por una pequeña vela, alejado de toda tecnología y civilización, aunque era tan fútil eso ahora; se sentía tan indefenso. Y ciertamente que lo era, ya que el hombre no es nada sin sus creaciones, sin sus grandes inventos. Encendió unos pedazos de genero del suelo y los unió a un palo de madera logrando iluminar más el perímetro, descubriendo ciertos ojos a una relativa distancia, muy rojos y grandes, eran varios y todos acechaban lentamente en circulo. Un lobo aullaba de lejos y ya la luna se mostraba con todo su esplendor. Estaban hambrientos y su visita hoy, era muy oportuna.
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