El concepto de Naturaleza ha tomado variadas acepciones a lo largo de la historia, constituyéndose en la filosofía moderna como un caós bastante repudiable y aborrecido por los humanistas de la época que centraban lo educado e ilustrado en la auto-conciencia, en el pensar constante del ser humano siendo esta la principal característica del ser humano. Sin embargo, luego de que este racionalismo se radicalizara de una manera bastante racional a lo largo de la historia y se formulase concretamente en el subjetivismo que rondaría al ser humano específicamente ya con Kant, el concepto de naturaleza, de lo natural, se tornaría erróneamente a uno más bien ontológico. Resulta ser que la naturaleza del hombre se consideraría como sus raíces, aquello que viene al nacer en primera instancia (erróneamente), es decir, la naturaleza del hombre sería procrear, comer, cagar, etc. Todo aquello que el animal marginado hace de igual forma. Luego de que Descartes iniciara con su discurso del método toda una revolución del pensamiento humano, muchos lo malinterpretaron y se abocaron solamente al escepticismo puro, a dejar al pensamiento como único mandato y con Kant, con toda su gran separación entre los fenómenos y lo verdaderamente en sí, se corona este proceso al aceptar como el único camino teórico que quedaba era el de la subjetividad de cada uno. Completamente contrario a lo natural del animal, que quizás duda cuando se ve en un espejo pero no se cuestiona de lo que ve realmente existe ni que proceso mental tuvo que realizar para llegar a la anterior pregunta, aunque es dificil saberlo en nuestra calidad de observadores eso sí. A lo que quiero llegar es que siguiendo la lógica subjetivista, la naturaleza se nos presenta como lo contrario, siendo entonces una mera negación de algo dado por sabido como lo verdadero y correcto. Justamente en toda la ética deontológica de Kant se privilegiara al deber como lo recto del hombre, no a lo que es naturalmente correcto. No obstante, el subjetivismo sólo nos lleva a dos ambitos: la resignación o nihilismo; y a la vez la utopía o voluntad pura. Por un lado resignación al descubrir que no avanzamos nada desde nuestras cabezas, que al dudar de todo y al plantear lo bueno en algo tan elevado se vuelve irralizable en la práctica dando tristemente la aceptación de vivir de aparentes verdades; y por otro lado se nos manifiesta la utopía y el fervor ingenuo de creer que se puede apropiar de todo, de transformarlo todo, desde la pura voluntad de poder de Nietzsche.
Pero aquí nos enfrentamos a un grave error conceptual que afectaría hasta a los más avezados estructuralistas post-modernos. La naturaleza no es aquella contraposición de la libre autoconciencia sino que va más allá de ella misma, y sólo es dada o entendida por quien la crea. Hablar de naturaleza es remitir al creador o a la teoría que responde a la pregunta por la creación del todo, aunque para el caso del hombre sólo puede remitir a alguien superior.
No se trata de creer en Dios ni plantear la necesidad de él sino de manifestar abiertamente la imposibilidad de conocer nuestra naturaleza. Y en ello somos igual que todo ser viviente pensante. No sabemos si la pretensión de nuestro creador fue precisamente la reflexión y ser subjetivista por ejemplo. Otros me preguntaran por qué debe haber un motivo explicito en la creación, pero asumir la ausencia de ello es lo mismo que asumir la falta de importancia de lo creado, la nula carga de sentido de la misma la constituye como un mero accidente contingente a diferentes factores específicos dados. Por ejemplo la teoría de la evolución a pesar de niega a un creador que haya formado a la especie humana ya es una respuesta a la pregunta, existe una causa creadora pero su error esta en que no podemos atribuirnos sentido con ella, no podemos descubrir la naturaleza de nuestra humanidad precisamente porque se nos escapa de las manos, si planteasemos que solamente lo natural es sobrevivir y matar si es necesario con tal de preservar la especie ahí seguimos en el subjetivismo moderno, es seguir planteándonos la idea de que los hombres nos podemos definir nuestra naturaleza, nuestro modo originario de ser, cuando posiblemente no tengamos ningún modo escrito, una suerte del libre albedrío natural pero, no obstante no estamos en calidad de determinarlo por nosotros mismos por su carácter ininteligible. Entonces nos encontramos en un primer momento con una modernidad que se equivocó al malinterpretar a los grandes escépticos, al sentirse creadores de si mismos desde un subjetivismo que verdaderamente no creaba nada sino que resultaba una actitud meramente formativa que no supo distinguir la diferencia entre lo que creamos y que o quien nos creo, entre lo que denotamos de las cosas y el significado que existió antes que nosotros. Y que conste que yo no hablo de un destino griego ni de un Dios cristiano que haya conformado todo, lo que planteo es que la pregunta ¿para qué vinimos a este mundo? ¿por qué somos? se nos escapan de las manos ya que no somos capases de conocer nuestra ontogenesis propiamente tal, sólo tenemos recuerdos vagos de una experiencia original pero aún así no tenemos el conocimiento ni certezas de algo absoluto.Incluso en el concepto de persona de Spaemann llegamos a esta conclusión y aqui si se ocupa bien el concepto de naturaleza al decir que la persona no es una característica sino que obedece a una característica de un titular siendo este el poseedor de una diferencia interna como la llamaría él, que básicamente se refiere a la capacidad del hombre de ser consciente como sujeto y a la vez abstraerse de sí conociendose como objeto, siendo esta dualidad lo que motiva al hombre a ser diferente, a separarse de su naturaleza pero no entendida como algo dado, como una naturaleza escrita y hecha de por sí conocida por todo hombre, al contrario la gracia de esta naturaleza, la gracia de aquello que se esconde detrás de las mil máscaras de la persona es que es incognoscible por el carácter ininteligible que hablaba anteriormente que posee, pero todos damos por hecho que existe gracias todas estas vaguedades de nuestra memoria y porque por necesidad la debe de haber; y precisamente porque no podemos conocer nuestra naturaleza es porque actuamos, ya sea de forma desiderativa o racional ya que al quedar vedada dicha naturaleza al ser humano, al encontrarse con una aporía consistente, este queda ante dos caminos, por un lado resignarse en su búsqueda por ser incognosible y por otro, forjarse utopías, sueños de poder conquistar ese terreno inconquistable. Pero, sin duda, ambos caminos no llegan a una respuesta o al menos un acercamiento a nuestra naturaleza y es por esto que Levinas admite que el hombre no puede totalizado, sino que resulta ser infinito, precisamente porque sería asumir que el propio individuo se entiende y se explica a si mismo, no obstante este se le escapa en la realidad, y es este escape justamente lo que lo mantiene como humano, siendo la pregunta constante que genera más pregunta lo característico.
El mundo, en cambio, si lo podemos entender, no necesariamente conocer de por sí, pero no va al caso ya que cuando me refiero a mundo remito a todo aquello creado por el hombre pero no a lo material en sí sino a lo que realmente tiene un valor para el hombre justamente, a las estructuras. Dicho mundo resulta ser comprendido porque nosotros le damos las reglas y es desde este mundo que podemos plantear la historia de la humanidad, no su ontogenesis más básica, sino su desarrollo y que justamente ha pasado por una dialéctica constante entre la resignación y la utopía, entre la tesis y la antitesis constituyéndose así mi dialéctica de los solipsistas donde comprendemos el relato de la humanidad como un constante traspaso entre dos momentos, por un lado uno en que se resigna el hombre y se niega a si mismo creyendo en las estructuras creadas y en otro donde vuelve a si mismo con la esperanza de poder, desde sí, darle respuesta a todo. Es decir, y retomando la pregunta central de este texto ¿Para qué somos? nos deja tres opciones, una sería darle una respuesta, la otra sería mentir que sabemos dando una falacia y la última constaría de no responderla y dejar que otros o que las estructuras mejor dicho, lo hagan por nosotros. Es así como al no hallar la primera opción nos hemos decidido a lo largo de nuestra historia por una y otra, alejándonos y volviendo sobre si mismos, creyendoles y legitimando estructuras para luego reprocharlas y destruirlas en un constante vaiven que no podemos determinar si ha sido el "más correcto" acorde a nuestra naturaleza original. Seguimos entonces un constante proceso circular que parte de utopías, de fe en sí mismo y de profundo subjetivismo representado por el solipsista que en un determinado minuto choca con las propias estructuras creadas de la relación de sujetos, no con el otro que sigue apareciéndonos como infinito e indeterminable por lo tanto de igual forma, dudoso; estas creaciones sociales se nos aparecen como dominadoras, como condicionamientos ajenos al ser humano, y es allí entonces cuando se cae en una resignación, en una inmovilización frente a lo construido por nosotros mismo. No somos lavadoras, que cumplen su función y ya, sino que ni siquiera tenemos la certeza de conocer nuestra naturaleza entonces menos vamos a cumplir o no algo, simplemente actuamos en un vaivén dialéctico tanto subjetivo (resignación-utopía) como inter-subjetivo (sujeto-construcciones o estructuras).
Lo que faltaría hablar respecto a este esquema filosófico sería ahondar en el "otro", a lo que apresuradamente me atrevería a plantear como una creación social. Pero dada la extensión de este texto lo dejaremos hasta aquí por hoy.
Lo que faltaría hablar respecto a este esquema filosófico sería ahondar en el "otro", a lo que apresuradamente me atrevería a plantear como una creación social. Pero dada la extensión de este texto lo dejaremos hasta aquí por hoy.
0 Confutación(es):
Publicar un comentario