Luego de estresarse por las puras, luego de preparar algo más elaborado, Agustín le dijo que se tranquilizara. Que no era necesario tanto. Siempre todo tenía que ser algo más simple, fácil o superficial de lo que él preparaba. Un continuo hacer de más. Todo el mundo lo encontraba una lata. Decían que era un tipo dificil de tratar, que no hablaba mucho y era dificil no pasar un silencio de incomodidad estando a su lado. Hablar con él era como si los puntos suspensivos ganaran sonido... Se hacían presentes fluyendo como torrente por toda la habitación. Es que no sé que decirle cuando lo veo, decía Nicolás, un poco harto de tener que ser amigo de él. La ausencia de palabras era algo punzante, nuevamente para esas personas dependientes del hablar golpeado y acelerado. Yo creo que él era observador y escuchador. Sobreanalizaba las cosas, es cierto. Quizás por eso era tímido. Le importaba mucho el cuidar el decir o el decir con cuidado. No buscaba crear vínculos de manera antojadiza. El tiempo los iría componiendo. Es como si desde los puntos suspensivos germinara lo bello, lo estrecho, lo real. Pero ahí estaba Agustín nuevamente, olvidando cómo había conocido a Martín, inventando la historia que él quería contar y manifestando lo que el resto sabia con solo verlo: Es que Martín es muy tímido. Martín es muy chico. Martín es pajero. Martín es poco vivo. Martín es... Siempre era descrito por otros. Mejor dicho, siempre dejaba que el resto lo describiera. Y luego terminaba escribiendo en un blog que nadie leía. Era como si el tecleo de esas palabras fuera a exclamar puntos suspensivos... Y no había nada más relajante e inconcluso que ello...
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