Más conciencia, más mortales. ¿Le temes a la muerte? Deberías agradecerle, ya que por ella temes, sonríes y vives. ¿Deseas ser inmortal? Pues olvídate de quien eres, de dónde vienes y hacia dónde quieres ir, en fin, de que tienes algún fin, ya sea teleológico como temporal y material. Olvídate hasta de olvidar. Sumérgete en la nada suprema, en la a-conciencia, para desconectarte de una vez por toda de la realidad. Pues la realidad no existe a los ojos del inmortal, un Dios no puede soñar. Date cuenta que el hombre sólo crea apariencias, las interpreta y las transforma en mascaras; actúa con ellas y (sobre) vive en este escenario logrando a ratos escaparse de sí para ser un humilde espectador, fundido en lo incomprensible, en lo barbárico, en lo ininteligible. Después de todo, somos dioses para las hormigas y como no conocemos a una hormiga filosofa nos dedicamos a matarlas. La muerte nos da la conciencia o mejor dicho, la conciencia nos da la muerte, envuelta en pañales desde que nacemos, crece a nuestro lado hasta que en el momento oportuno o inesperado para alguno, ¡Zas! De un golpe nos lleva. ¿Qué sentido tiene querer ser inmortal, si cuando lo seamos ya no podremos ser conscientes de nuestra inmortalidad? No, ya no quiero serlo, quiero ser la mierda de actor que he sido siempre de esta mierda de obra teatral, quiero ser insustituible, un infinito dentro de un cuerpo finito, una dulce contradicción. Todo se reduce a la misma aporía. La condición óntica-ontológica es la madre de todas las dictaduras. Ya no quiero respuestas, sólo quiero maravillarme con la gran pregunta que el cangrejo nunca ha concebido.
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