Ya los cuerpos no los reconozco. El tiempo ha ido desgastando los cadáveres de mi familia hasta el punto de no poder distinguirlos entre esos huesos rotos que llevo amarrados a mi cuerpo. Estos extraños grilletes se van aliviando, pero siguen atados firmemente a mis piernas. El peso de mis queridos ya no es como el de ayer. Los arrastro por las colinas, por los ríos y montañas carcomiendo por el roce, sus lamentables y arruinadas pieles. Por las noches me cubro con los muertos para escapar del frió, me protegen bien a pesar de que la llama de sus corazones se extinguió hace mucho. Por las mañanas lloro. Lloro de impotencia , de estar atado a estos cadáveres, de estar encadenado a la putrefacción que significa el amor en descomposición. Lo debo de buscar.
miércoles, 6 de enero de 2010
En cadena
1Posted on 15:13 by Matías Valderrama Barragán
Debo vengarme, vengar a esas calaveras que me detienen al intentar dar un paso. Debo encontrar al culpable de mi tortura. Debo asesinar al que me dejó vivo.
Bastó una bala en el pecho y su anciano padre caía en el piso, luego unos cuantos para lograr alcanzar a la mujer que corría llorando por los pasillos de la casa. Aparecía su madre sorprendida por los disparos y al minuto le impactaba en la nuca. El último sería su joven hijo que con una pala en la mano buscaba hacerle frente corriendo por el prado abajo. Al verlo le acertó un tiro en el pie derecho, pero no lo detuvo. Bastarían siete balas por todo su cuerpo para que cayera al pasto derrotado. Se acercó a él y viendo que aún respiraba en el suelo, le disparó cinco o seis veces más. Al asesino solo le faltó una persona más para cumplir con su cometido, pero no pudo. Al verlo le temblaba la mano, no hallaba razón a lo que hacía sin embargo estaba ahí con su pistola apuntándole para acabar con su vida, ya no sentía la misma fuerza e ímpetu de antes. Y en la vesania generada por el arrepentimiento, buscó unas cadenas y lo ató firmemente con todos los que había asesinado en frente de él. Lo aseguró con un candado para que no pudiera escapar del sufrimiento ni caminar por el peso de sus seres queridos y así arrancar para siempre de la escena del crimen.
Luego de correr por varios paisajes, perdiendo de vista a la casa ya maldita hace muchas lunas, llegó a un largo riachuelo en medio del bosque, que suministraba de agua a todas las plantaciones de la zona. Los cuerpos ya no le pesaban como antes, más le pesaba su ira y angustia en su cabeza que su familia muerta unida a él. Dio un paso y unas ramas crujieron casi por justicia, lo suficiente como para ser escuchadas por él. Al instante el desdichado y encadenado hombre se abalanzo lleno de cólera ante el asesino que ya acabado por la culpa no reaccionó a defenderse. Luego de unos golpes, ya todo ensangrentado, el hombre encadenado sacó su arma y se disparó. Los cinco muertos se fueron pudriendo juntos, atados por unas oxidadas cadenas por el agua del río. ¿Y tú? ¿Qué muertos llevas encadenados a tus pies?
1 Confutación(es):
¿Me preguntas a mí? Yo sólo llevo fantasmas conmigo. Y son MIS fantasmas.
Saludos.
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